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"Nosotros estábamos en la farándula de los jodedores”, dice Wayne Gorbea, el ilustre pianista de salsa refiriéndose a la fuerza interior que lo ha sacado adelante siempre.

 La señora Myong corre de un lado a otro. Lleva en sus manos un vaso de agua, un pañuelo con alcohol, dos pastilleros y tres cartas sin abrir. Coge cada objeto y lo lleva a otro de su casa para que sean útiles. El vaso, el pañuelo y los pastilleros son para su marido. Las cartas se las queda ella y suelta un ¡ufff!, que para sus adentros debe ser un ¡fuck you!, antes de ubicarse con sigilo cerca de donde yo me he sentado a ver si doy muestras de querer beber algo, o comer algo, o pedir algo. Quiere atenderme para seguir corriendo de un lado a otro.

La señora Myong es pequeña, un tanto regordeta. Es difícil calcular su edad, pero debe rondar los 60 años. Viste con pantalón de sudadera gris, camiseta blanca y unas zapatillas enormes. Tiene pocas canas y los ojos preocupados. Su marido que queja enormemente al tratar de sentarse en una silla de la mesa del comedor, pero ella no corre a ayudarlo; deja que lo intente en lo que parece ser un acuerdo tácito entre los dos, tácito o vaya usted a saber como.

Su esposo es Wayne Gorbea, pianista estrella de la salsa y de una de las etapas más brillantes de la música latina de todos los tiempos. Un pianista soberbio, extraordinario, excepcional e injustamente apartado de las listas históricas de los más grandes; pero hoy, músico de culto, reverenciado por miles de fanáticos que buscan su música en Internet, en especial en Youtube donde se le puede ver en acción al frente de su banda Salsa Picante.

Wayne y la señora Myong viven en un modesto apartamento de planta baja en una casa de tres plantas en el 2403 de Fuller Street en el Bronx, casi en la esquina de Zerega Avenue. El apartamento es de un tamaño perfecto para una pareja como ellos, aunque la mesa del comedor abarque casi todo el salón principal, y los papeles con docenas de recetas, prescripciones, recordatorios de citas médicas y pagos por servicios asistenciales se hayan convertido en una montaña blanca sobre ella. Al fondo, un piano blanco, y encima, una sucesión de pequeñas fotos y pequeños galardones del artista.

-Se conocieron en Corea, se apresura a responder Richie Briñez cuando le pregunto a él sobre ella.

Richie es quien me ha traído hasta aquí en plena noche de Hallowen y tras hacer un largo recorrido que me llevó en tren hasta New Rochelle y luego en automóvil hasta la parte alta del Bronx. Richie es colombiano, caleño para señas, y vive hace muchos en Nueva York, tantos como le ha permitido su vida de ida y vuelta constante, y suficientes como para hacerse buen amigo de ese pianista excepcional que ahora lucha contra el cáncer en la fase más heavy de las quimioterapias, la cual atiborra de facturas y vueltas la vida de la señora Myong.

-Pero yo no combatí en Corea, me advierte Wayne como intuyendo que yo le iba a preguntar por la Guerra de Corea… lo cual, en efecto, estaba pensando. Era la época de Vietnam, aclara. Pero yo estaba en Corea, pues en Corea tienen su base activa (Camp Humphreys), porque todavía están peleando. Ni han parado desde los 50.

Le hablo entonces sobre mi padre y la experiencia colombiana en Corea, pero Wayne pierde interés en seguida. Está más pendiente de que su viejo y atrofiado computador empiece de una vez por todas a funcionar para poder ver el DVD que Richie le ha traído. Es su más reciente actuación en el West Gate Lounge, un tradicional salón de baile latino localizado en Nyack, al norte de Nueva York, donde suele tocar todos los fines de semana.

Richie me explica que a Wayne le gusta ver sus shows para corregir errores y ver como lo hacen los músicos no habituales que lo acompañan, como en este caso el bajista. Pero también porque hay una sombra que lo atormenta y lo llena de desasosiego: es muy posible que tenga que pedirle a alguien (quizás su amigo Ramón Rosado) que lo reemplace en el piano en la actuación del día siguiente. A Wayne le tiemblan las manos y a duras penas puede moverse. Es imposible que pueda tocar, me digo.

Wayne se transforma cuando se sienta al piano, me dice Richie.

La magia de la música, la misma que le permite tocar el piano con soltura como si la calabaza se transformase en carruaje, fue la que sacó a Wayne Gorbea de aquella base militar en Corea del Sur y lo llevó a Queens, donde grabó su primer disco en los estudios del sello SMC (Spanish Music Center) de Gabriel Oller en 1974.

-Yo lo conocí (a Oller) porque siempre pasaba por allá buscando discos, pero él siempre estaba vendiendo guitarras. Y un día me preguntó: you want to record? Yo le dije: seguro, yo quiero grabar. Y dice: ven. Es tal y tal y estén ahí. Y nosotros tocamos esa semana; que digo, ese día cinco guisos antes de llegar al estudio de Gabriel que era como a las nueve de la mañana, después de tocar en otros sitios, de afterhours o cosas así. Cansado todo el mundo, con el calor que estaba casi a cien y en ese estudio grande que era un estudio antiguo. Pero el reel to reel entró bien, tu sabes.

El inicio de la leyenda de Wayne Gorbea lo ubica en ese verano incandescente de 1974 al frente de su conjunto Salsa conformado por once músicos muy jóvenes, y donde él brillaba en un son montuno larguísimo titulado Chachaguere con ese estilo tan propio: una tempestad de acordes con la mano derecha y el contrapunto permanente con la izquierda; presentado por el cantante como “El hombre de la válvula”. Y eso es fruto de sus influencias.

-¿Mis influencias? Eddie Palmieri, Charlie Palmieri, Peruchín, René Hernández,Lino Frías… Larry Harlow, incluso, porque cada uno tiene su propio toque en el piano; picoteando, tu sabes. Papo Lucca es otro. Eso si, los gigantes eran Eddie, que tocaba de todo y Charlie que era fantástico. Yo le fui a pedir a Charlie un profesor y él me recomendó a Nicolás Rodríguez, que fue profesor de Pete Rodríguez, Gilberto Colón, Joe Manozzi, Oscar Hernández, y habían muchos pianistas que estaban haciendo cola para estudiar con el señor Nicolás Rodríguez, ¡tremendo! El me cogía del brazo y me decía: oye, si tu quieres solamente tocar montuno, toca montuno, pero poquito a poco tu vas a progresar y no hay nadie que te lo vaya a quitar, pero toca relax. Y es verdad. Porque uno puede tocar… yo puedo tocar veinte minutos o más, pero después de tantos años uno dice: ¿pa’ qué tocar tanto?

Wayne Gorbea se hizo a pulso, no sólo como pianista sino como líder de banda.Gabriel Oller no solía hacer carátulas para sus grabaciones, acostumbrado como estaba a los discos de 78 rpm que sólo se vendían con funda.

-No sé porque lo haría así, dice. Pero lo cierto es que él cogió una foto de esas que se podía comprar de rock and roll o algo así y la puso en el LP. Eso está bien. Y después yo fui y cuando me entregó los LP, yo les puse las bolsas plásticas. Viste que está bien, me decía. Lo estaban vendiendo sin forro ni nada.

Su relación con las casas discográficas del Nueva York de aquel entonces cambió radicalmente al salir de SMC para Disco International en 1976.

-Eso era de Leonard y Stanley Lewis, y los conocí por Raúl Alarcón, el que tenía estaciones de radio y demás. Alarcón estaba con un estudio, el Latin Sound Studios, en la 58 o así, y él me dijo: trae la banda y coge estudio time que tu quieras, graba y yo te lo paso a uno de los productores. Y él fue el que me consiguió a Stan Lewis. Y grabamos, yo usaba cualquier ingeniero que estaba presente, incluso Jon Fausty, que era de los más conocidos.

Ese segundo álbum se tituló La Salsa del Conjunto Salsa y tuvo en la carátula y en la contracarátula una foto en primer plano del artista.

-Yo lo entendí eso… Ese concepto vendió y desde allí empecé a ganar más reconocimiento… Yo estuve con ellos entre 1976 y 1979 y el ingeniero que me ayudó en el segundo disco (Salsa y Charanga) es el hijo de Charlie Palmieri.

Wayne Gorbea dice que cuando se preparaba este álbum la charanga estaba saliendo más.

-El concepto anterior era viento y yo le metí violín y el tres con Johnny Polanco,Freddy Crespo y Ringo Rosario estaba ahí también, el que hizo Marihuana con Nelson González. Bill Ohashi estaba allí también y el resto son muchachos que estaban haciendo doble trabajo. El trompetista tocaba flauta, el cantante vino a ser mi bajista, cosas así que propiciaron el cambio.

¿Y en cuanto a las canciones?

-Elena fue un hit para mi, y después Contigo No, Conservemos la Amistad, y Me vas a Matar viene a ser un favorito mío, y Armonioso. Todos los que tienen la estrella (el álbum tiene marcas personales en casa canción), esos fueron los que me pegaron en los 20 primeros del hit parade. Llegamos por ahí, tu sabes.

Entonces aprovecho y le pregunto por Paranoia, tema que nadie incluye en ningún recopilatorio del artista y que lógicamente no le piden en sus noches de concierto.

-Y esto era de este jovencito aquí (señala al trompetista), que tenía 18 años cuando hizo esto, Arnaldo Rivera. Grababa en esa clase de modo, la variación que uno quiere… El que si me piden es Charan Guiri.

Wayne Gorbea hace referencia a uno de los dos hits de La Salsa del Conjunto Salsa (el otro fue Estamos en Salsa), y cuyo coro dice: “Ay camina y ven para que bailes conmigo, ay camina y ven para que goces conmigo”, mientras todos los músicos hacen solos instrumentales antes del propio Wayne, quien es presentado con una sencilla frase memorizada por los fanáticos salseros durante años: “Con ustedes, Wayne Gorbea, pa’ que lo vea”.

Wayne se abstrae de la charla y vuelve la cabeza a ver si su computador funciona correctamente. Las imágenes del concierto en el West Gate Lounge lo transportan al mundo de la música y lo alejan de la visión de la mesa llena de recetas que la señora Myong tiene pendiente de ordenar. Pero yo insisto en atraerlo de nuevo hacia su pasado y juego la carta de su labor como productor discográfico.

-Ese disco sin carátula que tiene The Night is Still Young y Ariñañara, es donde comenzó WayneGo Records, porque tu sabes que yo quería seguir grabando y no perder… porque si tu no grabas en un año o así la gente se olvida… Entonces yo saqué y los distribuidores me dijeron “tu no puedes sacar un disco de dos temas”, porque ese no era el concepto que se estaba haciendo. Pero, ok, yo lo voy a hacer. Lo hice. Solamente hice mil… o dos mil… si me recuerdo, y se vendieron en seguida.

-¿Y todo con tu dinero?

-Si, y ahí comienza otra historia. Yo conseguí diferentes músicos otra vez, Ada Chabrier y Freddy Rivera cantando, pero el concepto siguió siendo el mismo. Pero yo hice lo que quería hacer y lo que dije que iba a hacer, porque yo no iba a esperar. La gente me decía “te vamos a grabar”, y si, vamos a grabar, pero la gente quería “tu hazte estos números”. Grabo lo que yo quiera. Así es como siempre he bragado en este negocio.

La última frase la pronuncia muy bajito, con pausa, con una serenidad que nada tiene que ver con ese tono un tanto nervioso con que relata la historia. Da a entender que es su muletilla, la frase que utiliza para concluir cualquier negociación de guiso (que es como llaman los neoyoricans a los shows), de gira o de grabación. Y claro, también da a entender que nunca ha dado ni dará su brazo a torcer.

-Después siguió Sigan Bailando… (duda), y, eh, El Condimento, vino. Ahí fue que me salí del trabajo. Comencé a trabajar con varios grupos como Libre, Dave Valentín, el trombonistaaa…, eh, con los caracoles… Steve Turre. Y donde me aparecía con ellos, la gente me conocía y me decían como estaban sonando los discos míos en los países de ellos. Allí es donde comencé a hacer las conexiones pa’ los viajes.

Cuando habla de El Condimento, Wayne se refiere a un llamativo álbum de 1987 que traía en la contracarátula textos de su amigo Max Salazar y que fue prensado por Martínez Records.

-Eso fue que yo lo acabé dentro de una semana o dos, él vino (se refiere a Daniel Martínez, dueño del sello) a los distribuidores y les dijo “a ver si Wayne quiere vender su grabación”, y yo, claro, pa’ en seguida pero para cumplir y cobrar lo que yo gasté en el sello. Y me lo dieron. De un día para otro yo fui pa’ Miami, por allá, me dieron el billete, vine pa’ tras, le pagué a todo el mundo y contento estoy.

La etapa de los negocios coincidió con el boom del CD y la vuelta al grupo de su amigoRamón Rosado.

-Cógele el Gusto fue el primero que tiré allá enfrente. Yo vendí. Está bien. Pero ellos también (la casa de New Jersey Shanachie Records) me ayudaron a conseguir más trabajo pa’ fuera, porque ellos tienen sus conexiones. Oyeron la grabación mía, la grabación de Johnny Almendra, de Los Jóvenes del Barrio… Ellos grabaron a varia gente, pero la mía pegó.

-Yo siempre trato de hacerlo bien. Me siento de una manera que lo voy a hacer, lo voy a hacer. Si tengo que sacar los billetes del bolsillo, de donde, se saca de donde. Ahora págalos pa’ tras es otra cosa, pero siempre (toca la mesa dos veces) cumplimos.

Me pregunta entonces por España, me cuenta lo bien que lo recibieron cuando fue y se alegra al saber que Cógele el Gusto fue uno de los primeros discos que sonaron enRadio Gladys Palmera cuando esta comenzó su andadura en Esplugues de Llobregat, emitiendo para toda Barcelona. Quiere volver, dice, y cuando lo dice tan convencido yo veo una fuerza incontrolable que aparta a un lado al cáncer como quien espanta una mosca.

La señora Myong sigue de pie a mi lado. No sé que expresión tiene su rostro. Richie está sentado con una cámara de vídeo viendo el encuadre del plano. No parece inmutarse con el esfuerzo de Wayne. Está acostumbrado a ver los últimos años de los grandes artistas y me ha contado historias dramáticas de la agonía de Joe Cuba, de la soledad de José Carbó Menéndez y del también doloroso tratamiento de Andy González. Está acostumbrado a que ellos se iluminen con charlas de música para quitarse de encima el dolor de sus males.

-Porque nosotros estábamos negociando, me ha dicho antes Wayne; porque no estábamos en la farándula de los reconocidos. Nosotros estábamos en la farándula de los jodedores. Sea lo que sea nosotros estábamos negociando, estábamos en los afterhours; si se hace tres bailes en una noche, se hace y tocamos. Hasta un día. Tocamos los seis bailes y me mandaron pa’ casa porque se me durmieron los muchachos.

Y Wayne Gorbea se ríe con ganas por primera vez en toda la noche. Es Halloween, afuera llovizna y hace frío. Dentro hace calor de hogar, pero él ha estado metido todo el santo día en un centro hospitalario recibiendo el tratamiento de quimioterapia, y aunque ha dejado de preocuparse por el vídeo de su computador y se anima cada vez más, el esfuerzo es terrible… debe ser terrible, me imagino yo.

Le pido el baño a la señora Myong mientras Wayne contesta una llamada. Todo está cubierto con carpetas bordadas y encajes de bolillo. No hay nada aséptico, por el contrario. Ni ella ni él quieren que esta situación los invada y los desborde. Cuando salgo lo compruebo. Wayne ha puesto de nuevo el vídeo y suena Prakatún, “de nuevo Salsa Picante, cógele el gusto otra vez”. Y se abstrae en las notas de su propia creación.

José Arteaga, enviado especial de Gladys Palmera.

Artículo publicado originalmente en http://lahorafaniatica.gladyspalmera.com/el-casa-de-wayne-gorbea/

Fuente

salsajazz

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